Messi con un triplete

Salió Henry y reaccionó el Barça. Resurgió Titi de su prolongado letargo, emergiendo desde el banquillo, y el equipo se puso las pilas para levantar un partido que pintaba mal tras un primer tiempo de dominio valencianista.

Menos noticia es que Leo Messi decida un partido. O que marque un golazo. Volvió a pasar. Bastaba con uno. Con el primero habría sido suficiente. Pero al argentino le dio por marcar tres para pintar de goleada la visita de los levantinos, como en los últimos años. Un triple en 17 minutos, magnífico, solo al alcance de un astro. Tres tantos sutiles, bellísimos, de una finura excepcional que echaron por tierra la arrogancia de César.



Además de Valdés, que evitó males mayores en un mano a mano con Zigic con el 1 a 0. A ese protagonista se le vio menos que nunca, aunque su influencia es indiscutible. Estaba sentado en el palco, al lado de Txiki Begiristain y detrás de Johan Cruyff. No jugó, pero su charla en el descanso fue primordial para orientar al equipo, sin norte en la primera mitad.

 

Guardiola bajó al vestuario al descanso para ganar el partido. Primero ordenó a Henry que calentara para sustituir a un desdibujado Bojan y luego trazó en la pizarra la fórmula que desencallaría a sus hombres del lío en que les había metido el Valencia. El problema era gordo y desde arriba halló la solución. A grandes males, grandes remedios, y cambió el sistema. A ver si Emery sería capaz de idear un segundo plan.

El Barça que estaba viendo era algo desconocido, irreconocible. Entre otras cosas porque tardó media hora en rematar a portería. Fundamentalmente, sin embargo, porque no tenía el balón. Como los azulgranas quieren llevar la pelota de portería a portería, el Valencia alejó al Barça de su área con una presión individual, empezando por Piqué y Milito. Valdés no podía sacar en corto. El balón tuvo que volar más de la cuenta y no había ningún azulgrana que pudiera descolgarlo del cielo. La delantera (Pedro, Messi y Bojan) apenas traspasaba la cota del 1.70 metros de altura, con lo que el Valencia mandó tanto o más que los locales porque, además, posee también buenos peloteros. Por momentos se echó de menos al sancionado Ibrahimovic, aunque el sueco esté en crisis. Como estaba Henry. El equipo no tenía ninguna referencia en el centro ni tenía centímetros para luchar por esa bola volante. Dos veces remató Messi al cuerpo de César y dos manos sacó Valdés para evitar un par de disgustos. El panorama era sombrío si el Barça no cambiaba radicalmente. Desconcertado y presionado como nunca en casa, ni Xavi ni Iniesta asumieron el liderazgo para marcar el compás. No supieron y no pudieron porque a ellos también les perseguían. Como a Busquets, que tras perder un par de balones ya no quiso tomar riesgos.

Bajó Guardiola a la caseta con su libreta y movió piezas. Colocó a Henry de delantero para que fijara a los centrales (luego fue expulsado Maduro tras salir dos veces de la cueva) y a Messi por detrás para que les encarara, mientras Pedro e Iniesta abrían el campo y Xavi y Busquets protegían desde atrás a los delanteros.

Aunque no lo pareciera, Messi se acercó más al área gracias a los espacios que le abrió Henry y se plantó cuatro veces antes las narices de César. No necesita muchos metros libres Leo, que atisbó un pasillo estrecho tras rifarse a Banega, Bruno y Dealbert. Un gol de pañuelo al que le siguieron otros dos. Mano a mano también con César. Con el Valencia, entonces sí, aturdido y desfondado por el esfuerzo del jueves en la Europa League, con Henry cabalgando a placer entre la zaga y aportando balones a las esquinas, con Xavi exhibiendo los galones en ausencia del lesionado Puyol y con Iniesta nadando en su salsa.
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